ALEGRÍA EN LAS DIFICULTADES
Santiago 1:2 Amados hermanos, cuando tengan que enfrentar problemas, considérenlo como un tiempo para alegrarse mucho 3 porque ustedes saben que, siempre que se pone a prueba la fe, la constancia tiene una oportunidad para desarrollarse. 4 Así que dejen que crezca, pues una vez que su constancia se haya desarrollado plenamente, serán perfectos y completos, y no les faltará nada. NTV.
Cuando todo marcha bien en su vida, las personas se regocijan y hacen grandes fiestas o celebraciones para compartir su alegría con las personas que les rodean. Pero cuando las cosas empiezan a marchar mal, toda la alegría se desvanece de sus rostros, caen en una profunda depresión y la esperanza se apodera de sus vidas. En medio de esta depresión, empiezan a preguntarse por qué Dios permite que las personas pasen por momentos difíciles. Sin embargo, la Palabra de Dios invita a mirar las pruebas desde una perspectiva radicalmente distinta. Mirar las pruebas como motivo de “gran regocijo”. No se trata de masoquismo, sino de reconocer el propósito eterno de Dios en el sufrimiento.
Los problemas o dificultades que llegan a la vida de los creyentes, de ninguna forma son castigos que vienen de parte de Dios, más bien, son partes inevitables de la vida del creyente como consecuencia de la incursión del pecado en este mundo. Dios permite que las dificultades lleguen a la vida de sus hijos, porque son oportunidades que Él utiliza para que la fe de sus hijos se fortalezca y lleguen a una adecuada madurez espiritual. Si Dios, no permitiera dificultades en sus hijos, ellos no alcanzarían esa madurez, más bien, seguirían siendo como niños inmaduros, que no tendrían la necesidad de buscarlo, ni tener una comunión con Él. Pues la fe no se fortalece en la comodidad, sino en la adversidad. Así como el oro se purifica en el crisol, así también la fe se refina en las pruebas. Y en ese proceso, nace la paciencia o constancia: esa firmeza del alma que no se deja vencer por las circunstancias, sino que persevera con esperanza.
Cuando el creyente se encuentra en medio de las dificultades, puede reprochar a Dios por la realidad que le está tocando vivir, o confiar en que todo está bajo el control de Dios y que Él no permitirá que esas dificultades lo ahoguen por completo, sino que le dará la victoria sobre esas dificultades. Los creyentes que tengan una plena confianza en Dios, no solo que confiarán en el poder de su Dios para liberarlo de las dificultades, sino que reconocerán que Dios les está moldeando para que alcancen la madures Espiritual y por eso, se alegrarán, esa alegría, no será una alegría superficial o fingida, sino una alegría profunda fundada en la confianza de que Dios está obrando incluso en medio del fuego.
Los problemas tienen una meta clara en la vida de los creyentes: que creer en Dios en medio de las dificultades alcance su obra completa. La fe plena en Dios, no se desarrolla de la noche a la mañana en la vida del creyente, más bien, es un desarrollo progresivo, que paso a paso conduce al creyente a la integridad espiritual o plenitud. Esta plenitud no es perfección sin defecto y sin pecado, sino creyentes maduros, íntegros, equilibrados y un carácter formado a la imagen del unigénito Hijo de Dios. Es la plenitud espiritual que surge cuando se permite que Dios use cada prueba para conformar a los creyentes a la imagen de su amado Hijo Jesucristo.
